«Pasé del negocio del aborto a la defensa de la vida»

ReL

20120722-102032.jpgLa historia de Beverly McMillan es la historia del regreso a la fe desde una visión de la vida y la ciencia absolutamente agnósticas. Nació en el seno de una familia católica tradicional pero, cuando comenzó a estudiar Medicina, abandonó la Iglesia: «Pensaba que Dios era irrelevante para la Ciencia ».

Durante años, a Beverly le iba «muy bien» sin la fe. Cuando se licenció, acudió a la Clínica Mayo para especializarse en Obstetricia y Ginecología: «No sólo me sentía útil », reconoce McMillan, «sino que me consideraba una persona buena. Así que, ¿quién necesitaba a Dios o a esa arcaica Iglesia? ». Como médico residente, le enviaron seis semanas al ala de Obstetricia del Hospital de Cook County en Chicago. Sorprendida, Beverly se encontraba cada noche con más de veinte mujeres que acudían allí: eran «clientes » de los centros de abortos clandestinos de Chicago.

Legalización del aborto
«Llegaban sangrando, con fiebre alta y presentaban úteros ensanchados », recuerda. McMillan y el médico interno tenían que llevar a cabo otra operación de dilatación y curetaje para poder extraer los restos infectados del feto que la clínica ilegal había dejado en el interior del útero. Después de cientos de casos similares, la ginecóloga, desde su agnosticismo ferviente, concluyó que la legalización del aborto era la solución: «Yo quería que la profesión médica empezara a ofrecer procedimientos seguros a las mujeres que los necesitaran ». Así que, cuando en 1973 el Tribunal Supremo legalizó el aborto en EE UU, McMillan se hizo con una máquina de succión y se ofreció a practicar supresiones del embarazo en el primer trimestre.

Pensó en suicidarse
Dos años después, casada y con tres hijos, puso en marcha una clínica abortista en Jackson, la primera además en todo el estado de Mississippi. Su vida privada iba bien, y el trabajo en la clínica era abundante. Pero, a pesar de sus éxitos, Beverly se vio sorprendida cuando se planteó el suicidio: «No sabía qué era lo que no funcionaba en mi vida. Tenía un buen coche, una gran casa, tres hijos saludables, toda la ropa que podía desear. Había conseguido todo lo que quería», explica Beverly. Pero una parte de sí misma le decía que algo no iba bien.
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Se quedó embarazada con 19 años, su novio la abandonó, pero prefirió la adoptación al aborto

Es italiana, estudia enfermería y ha relatado su dura historia con pelos y señales. Prefirió dar en adopción al hijo que no quería antes que abortarlo.

Juan Antonio Ruiz/ReL

Éste es el testimonio de una italiana llamada Isabel, de 19 años, estudiante de Enfermería, que se quedó embarazada tras una relación con un coetaneo que la dejó, diciéndole que no quería ser padre. Isabel, valientemente, ha decidido contar su historia a la página La Bussola Quotidiana, y ReL reproduce este sobrecogedor texto:

El primer impacto: «Ha dado positivo»
«Me parece que fue ayer el día que descubrí mi embarazo. Me hice la primera prueba: el ansia que crecía. La segunda prueba… positivo. Y lo miraba fijamente: positivo, ¡positivo! Una sensación de pérdida me cubre en un momento, el terror se apodera de mí y yo quedo paralizada, incapaz de reaccionar.

Mis sueños desaparecieron
»Describir una situación así es difícil, casi imposible: es como una vibración que nace de las entrañas y se propaga por todo el cuerpo, un veneno letal desde el interior que te come las energías y apaga toda luz. La única cosa que era capaz de ver era mi vida literalmente destruida y desmembrada, mis proyectos aplastados, el futuro que estaba construyendo convertirse en una utopía inalcanzable. La persona que quería ser ya no existía, era un recuerdo lejano. Mis sueños desaparecieron, junto a mis 19 años; me los había jugado para siempre.

¿Cómo salir de este desastre?
»Sólo el mero pensamiento de tener que comenzar el embarazo provocaba a mis padres un mal indescriptible. La idea de ver la desilusión impresa en sus rostros y perder su estima, me hacía enloquecer. ¿Cómo salir de este desastre?

»No obstante todo esto, la idea de abortar me asustaba mucho, muchísimo más. Pensar en esos fríos instrumentos meterse dentro de mí y hacer pedazos un cuerpecito… ¡No! No habría podido soportarlo. Había visto en internet algunas terribles fotos de fetos abortados en las primerísimas semanas: pequeñas miniaturas de una persona hecha pedazos. No, no podía.
Consciente de la vida que llevaba dentro
»Dentro de mí había una vida concebida por equivocación, ciertamente no querida, pero no podría resolver el problema en ese modo, no podría solucionar el error con otro más grande e irreparable. Y, aún así, no quería a ese niño.

»Contrariamente a lo que trágicamente me esperaba, cuando confesé a mis padres -llorando y llena de vergüenza- que esperaba un hijo, no se produjeron ni gritos ni azotes de puertas. Sólo un silencio acompañado de la preocupación en sus rostros, lágrimas apenas retenidas en los ojos de mi madre y, después, muchísimo consuelo y amor. Y no es que el camino haya sido fácil; todo lo contrario. Pero nunca ha disminuido este amor: el de mis padres, que en la pérdida me han entendido, y el de mi hermana mayor, que no me ha dejado sola ni un momento.

Era débil y estaba enamorada Sigue leyendo

Querida y desconocida bisabuela

Reproducimos a continuación una carta que nos ha hecho llegar una amiga:

Querida y desconocida bisabuela:

Te hago este pequeño homenaje porque en el año 1886 fuiste una mujer valiente, íntegra y con valores, pues diste a luz un hijo (mi abuelo paterno) y no abortaste sino que preferiste darlo a una institución.
No creo que te fuera fácil dar ese paso en aquella época, debiste sufrir mucho: incomprensión, rechazo, vergüenza, juicios, necesidad… pero seguro que descubriste lo maravilloso que es llevar dentro de sí una vida, algo que sólo las que por fortuna hemos sido madre sabemos… y después verlos y disfrutar de ellos.
Tú, por las circunstancias que fueran no pudiste, pero seguro que te quedó una conciencia tranquila de no haberlo matado. No sabes lo fácil que es matar hoy por desgracia, si vieras lo que está pasando seguro que se te desgarrarían las entrañas.
No hemos sido una familia muy grande, pero que sepas que al día de hoy y gracias a tí somos 46 que no hubiéramos nacido, con todo lo que conlleva esto. ¡Qué triste hubiera sido no existir! La vida no es fácil pero merece ser vivida y primero para ello nos tienen que dar la oportunidad de nacer y para más llegar después a la presencia de Dios, donde seguro que tú estás. Intercede por esta sociedad que ha perdido todos los valores y el verdadero sentido de la vida y por tu familia: yo rezo por tí, gracias querida bisabuela.

Mari Carmen Desena Bueno